Al principio decliné el ofrecimiento; pero después, sin ningún motivo particular, cambié de parecer. Mi madre mandó que trajesen uno de esos bollos rechonchos que parecen hechos en una concha de peregrino. Un momento después, deprimido por el día triste que había pasado y por la perspectiva de otro día melancólico, me llevé a los labios una cucharada de té, en la que había dejado que se ablandara un trozo de magdalena. Tan pronto como el líquido caliente mezclado con la miga de bollo me rozó el paladar, me estremecí, concentrado en los cambios que ocurrían en mi interior Un delicioso placer había invadido mis sentidos, pero un placer individual, aislado, sin que yo tuviese la menor noción de su causa. E instantáneamente, las vicisitudes de la vida se me volvieron indiferentes, los desastres inofensivos, su brevedad ilusoria, y la nueva sensación tuvo en mí el efecto del amor, colmándome de una preciosa esencia; o mejor, dicha esencia no estaba en mí, sino que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente, moral. ¿De dónde podía haberme llegado este gozo tan intenso? yo me daba cuenta de que iba unido al sabor de té y del bollo, pero lo trascendía infinitamente, no podía sin duda, ser de la misma naturaleza. ¿De dónde provenía? ¿Qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? ( Proust, 1966: 251; citado por Cardozo, 2007: 17)
La realidad sensorial en el estudio de lo estético es relevante en la medida que descubrimos que el hombre al distanciarse de la naturaleza y crear realidades miméticas se concentra en una tensión entre alejarse de su realidad biológica y adentrarse como sujeto de cultura. Esta tensionalidad produce el arte en la medida que el hombre representa su esencia espiritual por medio de objetos materiales a través de la infinitud de la vida.
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